
Canta, diosa, la cólera del Pélida Aquiles
ese resentimiento, ¡que mal haya!
que inflingió a los aqueos mil dolores,
y muchas almas de héroes esforzados precipitó al Hades.
Ante el tiempo el don de la cobardía

Gombrowicz era todavía un adolescente y ya el mundo se la hacía insoportable. La familia, la sociedad, la nación, el estado, el ejército, los ideales, las ideologías y él mismo le resultaban unas caricaturas. Erraba por los campos cabizbajo aplastando terrones con la punta de sus zapatos. No había dejado de creer pero la fe ya no le interesaba por lo que su soledad llegó a ser completa.
En esta primera novela el protagonista es Joachim von Pasenow, segundo hijo de un aristocrático potentado alemán; distinguido militar, sin embargo su conducta se rige por la ociosidad y la inseguridad, que le atenazan y le impiden cuestionarse la validez de su forma de vida en un fin de siglo tan vertiginoso. Su uniforme le dota de un escudo frente a los cambios incesantes que se desatan a su alrededor, cuyo exponente perfecto es un antiguo compañero de regimiento, Eduard von Bertrand, dedicado a los negocios y con una peculiar habilidad para desenvolverse en esa Alemania boyante y dinámica en la que ambos viven. Joachim se enamora de una cabaretera checa, Ruzena, que le abre las puertas a una existencia sensual, casi transgresora en lo tocante a sus rígidas normas morales; por desgracia, la trágica muerte de su hermano mayor y la posterior decadencia mental de su estricto padre le llevan a cuestionarse su comportamiento y los pasos que dará en el futuro. Su incipiente compromiso con Elisabeth, hija de unos ricos hacendados vecinos de su familia, puede reconducir su vida hacia derroteros más tradicionales. Sin embargo, la influencia de su amigo Bertrand será determinante en la toma de sus decisiones, y podría variar algunos destinos…
Uno se ha acordado mucho, mientras leía este libro, de Döblin y su “Berlín Alexanderplatz”; el estilo de Broch es más clásico, pero ese sentimiento de cambio, de inadecuación a los vaivenes de la vida, también está presente en “Pasenow o el romanticismo”. La figura de Joachim, insegura hasta lo inverosímil, es realmente cautivadora. La escritura de Broch es bella, intensa, sugerente, evocadora, pero su capacidad para la crítica apenas insinuada es magistral; se impone una atención mayúscula para comprender que lo que, superficialmente, puede parecer una historia de amor y convencionalismos, es una sátira feroz contra una clase que se aferraba a sus principios y privilegios para no desaparecer, pero también (aunque eso se desarrollará más en las otras dos novelas) contra un optimismo naif que se desplegaba por doquier. Las escenas en las que Bertrand expone sus ideales son inteligentes y agudas, quizá las más conseguidas del libro por la coherencia y belleza de su discurso, reflejando así las corrientes que se agitaban en la Alemania de finales del XIX.
En suma, un libro espléndido, de un estilo excepcional, que cualquier aficionado a la literatura debiera leer. Uno ya está embarcado en “Esch o la anarquía”, la segunda parte, sin apenas haber soltado ésta. Pronto hablaremos de ella. (S. Molina).

El romanticismo caduco que aquejaba a Pasenow, o el anarquismo desnortado de Esch, dan lugar en este libro, que discurre en el año 1918, con una Alemania al borde de la derrota durante la Primera Guerra Mundial, al realismo pragmático y carente de moral de Huguenau. Este personaje, que abre la novela desertando del ejército para ir a parar a una pequeña ciudad provinciana, sirve a Hermann Broch para ilustrar la falta de ideologías y valores que tiene la humanidad entera en el momento de escribir el libro, en ese período fatídico y despojado de cualquier atisbo de compasión o bondad. (Acerca de si esa situación se ha prolongado en el tiempo, no es este el momento de dirimirlo.)
Los protagonistas de las anteriores partes aparecen aquí de nuevo, poseedores de sus respectivas idiosincrasias y ejerciendo un papel fundamental en el desarrollo de unos acontecimientos que, si bien intuidos desde el principio por un lector ya maleado por el viaje que ha venido haciendo desde “Pasenow o el romanticismo”, no dejan de ser oscuros, caóticos y depravados. Esch, convertido ahora en dueño de un periódico, aún abatido en su interior por la infructuosa búsqueda del absoluto terrenal, será la piedra de toque que conseguirá ilustrar la ‘bajada a los infiernos’ de Wilhelm Huguenau, su absoluta degradación, que no es otra que la de todo ser humano en tiempos conflictivos. Pasenow, ejerciendo de comandante en jefe del destacamento de la ciudad, se hundirá en la ignorancia de la realidad en la que vive y no renunciará a la fortaleza que le otorgan sus periclitadas convicciones.
El libro, en una progresión natural y lógica, está compuesto por decenas de cortos capítulos: unos por completo narrativos, otros, en cambio, sirven al autor como excursos ensayísticos para expresar (de manera enrevesada para los no versados en lides psico-filosóficas) su visión sobre el estado del mundo. Los capítulos de la trama principal (la de Huguenau) se entreveran con otros que muestran a algunos personajes secundarios que ponen énfasis en ese fresco moral que trata de representar el autor: una época privada de armonía, de moral, donde los hombres persiguen fines particulares ignorando por completo la necesidad de una ‘hermandad’ superior. La fría lógica de una guerra que se abate sobre todos los personajes como si de una maldición bíblica se tratase, convierte los destinos individuales en trayectorias sin sentido; sin embargo, Broch no abandona la esperanza (y así lo hace ver en diferentes partes del libro, sobre todo en el bello capítulo final) de que el ser humano advierta su depravación y opte por una existencia más sensible.
En suma, excepcional colofón para una obra de tremenda envergadura, no sólo por su calado ideológico, sino por la belleza y sabiduría con la que se tejió literariamente. (S. Molina)

Aunque también en este libro se tocan cuestiones ya planteadas en “Pasenow o el romanticismo”, tales como el enfrentamiento entre mundo rural y urbano, o alienación del individuo, el planteamiento esencial es el de la búsqueda del ideal absoluto que todo ser humano persigue y que, como es lógico, no puede consumar con éxito en la realidad. Esch, el contable, llena su mente con proyectos de proporciones desmesuradas cuya realización las circunstancias se ocupan de desbaratar; su ansiedad de plenitud (en su vida privada y en su faceta profesional) se trunca cuando se opone un mundo repleto de contradicciones y fantasmas.
Si en la primera parte el estilo, aunque sencillo y más o menos plano, ya ahondaba en cierta penetración psicológica, en “Esch o la anarquía” los procesos mentales son llevados a una nueva dimensión narrativa, una exploración intensa de la conciencia del protagonista. Su encuentro con Eduard von Bertrand, que aparece en el libro como un comerciante adinerado del que Esch pretende vengarse por una afrenta que considera injusta, es todo un prodigio literario: un diálogo ’sonámbulo’, onírico y de profundas resonancias espirituales, donde se confrontan dos maneras de ver el mundo (Bertrand actúa en ambos libros como un arquetipo de la nueva sociedad, del hombre adaptado y sabedor de sus límites y sus posibilidades). Por supuesto, todos los proyectos de Esch fracasan una y otra vez de manera vergonzosa, e incluso su deseo último de emigrar a una América que ve como ideal de promisión se frustra debido a su compromiso con mamá Hentjen, la dueña del bar al que suele acudir y a la que se someterá para ‘adaptarse’ y saciar su sed de purificación. Sus propias carencias, que Esch proyecta sin cesar en los que le rodean con el fin de perdonarse a sí mismo, le bloquearán la entrada a un mundo que arrasa con los valores tradicionales y que parece expulsar de sí cualquier atisbo de humanidad. Broch continúa así con la recreación de un tiempo en el que el ser humano dejó de contemplarse a sí mismo como posibilidad. La culminación de todo ello llegará, claro está, con la última novela de la trilogía, “Huguenau o el realismo”. (S. Molina).
Platero y yo (elegía andaluza), es conocido popularmente en su forma abreviada como Platero y yo, en esta narración lírica, Juan Ramón Jiménez recrea poéticamente la vida y muerte del burro Platero, dedicada “a la memoria de Aguedilla, la pobre loca de la calle del Sol que me mandaba moras y claveles” y se presenta en el formato de breves capítulos. El fragmento expuesto a continuación es el comienzo del libro, frecuentemente marcado como lectura obligatoria en los establecimientos escolares de habla hispana:“Platero es pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón, que no lleva huesos. Sólo los espejos de azabache de sus ojos son duros cual dos escarabajos de cristal negro.”
El hecho de que el libro fuese publicado en 1914 por la editorial La Lectura, de Madrid, en una selección de 63 capítulos, realizada por el propio autor, en su colección Biblioteca Juventud, sumado a que el prólogo se titulara “Advertencia a los hombres que lean este libro para niños”, generó la creencia que se trataba de una obra para niños, por lo que fue erróneamente encasillada en el género de la literatura infantil.
Al ser publicada en el año 1917 la edición completa, integrada por 138 capítulos (Editorial Calleja, Madrid), fue evidente que en realidad Platero y Yo se trataba de un texto para adultos, si bien su sencillez, accesible lectura y transparencia son perfectamente adecuados para estimular la imaginación de los niños, los cuales lo aprecian sobremanera.
En algunos de sus capítulos se trasluce una cierta crítica social, dando a la obra una profundidad que el autor propone, y que gran parte del público tardó en advertir. El mismo Juan Ramón, en un “prologuillo” a la edición aclaraba:
“Yo nunca he escrito ni escribiré nada para niños, porque creo que el niño puede leer los libros que lee el hombre, con determinadas excepciones que a todos se le ocurren”.
La intención del poeta era incrementar el tamaño del texto hasta los 190 capítulos; de hecho, existen tres adicionales, que fueron escritos en la década de 1920. Juan Ramón también tenía en mente una segunda parte, la cual tendría por título Otra vida de Platero, de la que inclusive llegó a esbozar algunos capítulos. Sin embargo, el proyecto de publicar Platero y yo en la forma de cuadernos sueltos, no lograría ser llevado a cabo. (Jorge Sahores).
Álvaro Cunqueiro fue (y es) una de las grandes figuras de las letras gallegas. Por desgracia, no está considerado de la misma manera en el ámbito castellano (escribía tanto en una lengua como en otra). Desgracia y vergüenza, porque fue uno de los narradores y eruditos más notables, a la par que sencillos en apariencia, del siglo XX español.
La novela discurre en tres escenarios: el pueblo de Piura, la misión de Santa María de Nieva y el municipio de Iquitos. Un día llega a Piura don Anselmo, un misterioso forastero, con la intención de establecerse, y encuentra alojamiento en la pensión de Melchor Espinosa. Don Anselmo, una especie de trovador errante, arpista de profesión, comienza a enterarse, poco a poco y en largas conversaciones con los lugareños, de las relaciones familiares de los habitantes de Piura y de sus más secretos deseos y ambiciones. Con esta valiosa información, comienza a construir un burdel, lo que provoca que algunos habitantes del pueblo, espoleados por el Padre García, protesten y se escandalicen. Pero nada podrá parar ya la construcción del lupanar: su éxito está asegurado.Con el tiempo, llega al pueblo Antonia, hija de unos viajeros que han sido asesinados cerca de Piura. Los lugareños la han encontrado en muy malas condiciones, con los ojos y la lengua arrancados por los buitres. Juana Baura, una lavandera, la acoge en su casa, y los vecinos, compadecidos por su desgracia, la convierten en su protegida. Pero un buen día desaparece. Y comienzan entonces a circular los rumores: ¿ha sido asesinada? ¿violada?
Antonia se queda embarazada. Pero cuando le llega la hora del parto, el alumbramiento se complica, y aunque el doctor Zeballos trata por todos los medios a su alcance de salvar la vida de la madre, Antonia muere en el parto.
El pueblo, conmocionado por la tragedia y enardecido por las arengas del Padre García, incendia la Casa Verde. La situación se torna insostenible y Don Anselmo huye con dos músicos de la orquesta del burdel: Alejandro, un mediocre compositor de baladas, y Bolas, el cimbalista y tambor del conjunto. Los huidos se refugian en los tugurios de la Mangachería, donde tocan en los bailes, mientras la Casa Verde cae en la leyenda y el olvido.
Pasados unos años, un nuevo burdel se establece en el centro del pueblo; en memoria de los viejos tiempos, el lupanar se llama de nuevo la Casa Verde. La propietaria del nuevo local contrata a don Anselmo y su orquesta para que amenicen las fiestas de los clientes del prostíbulo. Las resonancias del pasado se materializan en la dueña del burdel, una mujer conocida como La Chunga, que resulta ser la hija póstuma de Antonia.
En la ciudad de Iquitos, capital de los trabajadores del caucho, aparece un día Fushía, un aventurero sin recursos, buscado en Brasil por su extensa trayectoria criminal, acompañado por su amigo y confidente Aquilino, que había sido aguador en una aldea. Allí, Fushía encuentra trabajo con Julio Reátegui, un cacique local que se ha hecho inmensamente rico con los ejércitos del Eje durante la guerra, traficando con caucho camuflado como tabaco. Pero se descubre el negocio ilegal de Reátegui, y Fushía es encarcelado en lugar de su patrono.
Cuando por fin sale de la prisión, Fushía viaja con su amiga Lalita y su socio Aquilino hacia las tierras de los indios Huambisas, para trabajar como agente de su anterior jefe, Reátegui, y se establece con la ayuda de unos forajidos blancos: Pantacha y Adrián Nieves.
Con el tiempo, Fushía se convierte en el cacique del lugar y aparece en el relato el personaje de Jum, que mantiene una desigual lucha contra los caucheros, ayudado por dos maestros del pueblo. Una vez vencido, Jum es encarcelado y torturado, y más tarde se une a Fushía.
Pero el padecimiento de la viruela negra, una enfermedad que le carcome las piernas, provoca que pierda su virilidad y Lalita le abandona y se fuga con Adrián Nieves. Su amigo Aqulino, entonces, le lleva a una colonia de leprosos para que Fushía pueda morir en paz.
Bonifacia, una supuesta hija de Fushía, vive en el convento de las monjas de Santa María, donde recibe una esmerada educación. Pero una noche, Bonifacia permite que las discípulas que las monjas han ido recolectando por toda la región y que tienen alojadas en la misión, escapen y vuelvan a sus poblados. La congregación expulsa entonces a Bonifacia, y Lalita y Nieves se hacen cargo de ella, hasta que un buen día la presentan al sargento Lituma, con quien finalmente se casa. Pero Pantacha denuncia el paradero de Adrián Nieves a las autoridades y le detienen. Mientras tanto, el soldado, el Pesado, se queda a vivir con Lalita.
El sargento Lituma obtiene su licencia del ejército, y se traslada con Bonifacia a Piura, donde se une al grupo de los Inconquistables, una banda de truhanes de la Mangachería, a la que pertenecen José León, los hermanos Moro y el alcahuete Josefino Rojas. Allí, Lituma se encuentra con un antiguo enemigo, el hacendado Seminario, con quien juega una partida de ruleta rusa. Seminario pierde, y Lituma, que es juzgado y considerado culpable, va a la cárcel. El alcahuete Josefino Rojas lleva entonces a Bonifacia a la Casa Verde.
La Casa Verde recibió en 1966, un año después de su publicación, el Premio de la Crítica, y en 1967 el Premio Internacional de Literatura Rómulo Gallegos a la mejor novela en lengua española. (Augusto Wong Campos).

Se llamaba Emmanuel Bobovnikoff y, por razones de supervivencia, se lo cambió por el de Bove. Nació en París en 1898. Su padre era un ruso emigrado y su madre una criada luxemburguesa. Pasó una infancia de privaciones y dudosa estabilidad familiar. A los doce años se marchó a Ginebra a vivir con su padre y su amante inglesa, una pintora rica y maravillosa. Pero la buena vida no duraría demasiado: su padre muere y Emily se arruina. En 1916, Emmanuel regresa a París con su madre y trabaja en lo que sale (camarero, conductor de tranvías, obrero de la Renault) para “acumular experiencias”. Es arrestado durante un mes por vagabundo –y por tener un nombre sospechoso-. En 1918 empieza el servicio militar y consigue liberarse pronto de sus obligaciones militares. En 1921 se casa con una maestra y se marchan a Austria, donde la vida resulta más barata. Ahí escribe sus primeros libros “serios”, porque hasta entonces sobrevivía escribiendo a tanto la línea para editoriales populares y colaborando esporádicamente en el periodismo sensacionalista. En 1923 está en Francia y manda un cuento al periódico Le Matin. Tiene la suerte de que la editora de la sección literaria es Colette, quien se interesa por ese escritor tan extraño y no sólo le publica en el periódico sino que le pide algo para la colección que dirige en la editorial Ferenzci. Y en 1924 aparece Mis amigos. La biografía, siempre irregular, de Bove, a partir de esa publicación se confunde con la obra, irán unidas. Aquella era una época extraordinaria para los escritores. La literatura apasionaba a la gente, los autores eran admirados y admirables, las librerías estaban abarrotadas de novedades y si alguien destacaba no pasaba precisamente desapercibido, pues los críticos del momento eran a su vez grandes escritores, con paladares exigentes y los lectores confiaban en ellos; les hacían caso. Sacha Guitry, por ejemplo, se quedó deslumbrado ante la lectura de Mis amigos y escribió un artículo que resultó decisivo. No hay duda de que se trata de uno de esos libros que suponen un descubrimiento para cualquiera que lo lea. No en vano conmovió profundamente a Rilke, que entonces estaba en París y quiso conocerlo de inmediato. Como también Beckett, quien le debe mucho (dijo de él que era el mayor de los autores franceses desconocidos), André Gide, Saint-Exupéry, y tantos otros de los que destacaron en la época. Aunque después escribió unos cuantos libros igualmente sorprendentes, Mis amigos, publicado por primera vez en España hace un par de años por la editorial Pre-Textos (traducción de Manuel Arranz) es su libro de referencia y, por ejemplo, al alemán lo tradujo Peter Handke. Trata de las desventuras de un ex combatiente de la Gran Guerra, esto es la Primera Guerra Mundial. Victor Bâton (así se llama este antihéroe) es un desarraigado que malvive con su pensión de inválido y es sistemáticamente despreciado por la sociedad. Pero él está deseoso de hacer amigos y abandona su barrio pobre y desarrapado para introducirse en barrios ricos donde encontrar personas que le protejan. Sin embargo, sólo consigue causar todavía más rechazo. Son cinco relatos breves que son otros tantos recordatorios para el protagonista de su invencible marginación social. Todo, escrito en un estilo seco y despojado, en un tono de humor caricaturesco pero compasivo que lo salva del negro pesimismo al que parecía abocado tanto el autor como el personaje. No hay nada más eficaz, para conjurar el sarcasmo, que reírse primero de uno mismo.
Tampoco hace falta ser freudiano para entender, a la luz de la escueta biografía que he apuntado, que la doble vida que llevó el adolescente Bobovnikoff, entre una madre vulgar y popular, que casi vivía en el arroyo y una “madrastra” idílica y refinada, fue decisiva para dejarle el alma en vilo. Como persona que ha sido suficientemente baqueteada por la vida, Bove nunca se creyó del todo su fama. En realidad fue una fama más libresca que popular, pues como todo escritor de culto, sus principales lectores también son escritores. Tanto en París, como en Argel, donde vivió de 1942 a 1944 (se negó a publicar en la Francia ocupada) participó activamente en la vida literaria del momento –más bien dejó que le incluyeran en ella los demás– pero él era un solitario empedernido y un tanto atrabiliario. La prueba es otra de sus obras maestras, Bécon-les-Bruyères, publicada en 1927 y que muchos tomaron por un escarnio a los lectores. La historia es la siguiente. En la época se pusieron de moda los libros de viajes. Cierta editorial encargó a los autores más conocidos del momento (como se ve no hay nada nuevo bajo el sol) que retrataran los lugares más notables de Francia. Paul Morand escribió sobre Toulon-sur-Mer, André Maurois sobre “su” Rouen,, Jean Cassou sobre Bayona y Emmanuel Bove sobre Bécon-les-Bruyères, que era el suburbio parisino donde vivía en la época y cuyos encantos –descritos con la misma solemnidad y seriedad que si se tratara de Venecia- son similares a los que pueda tener, pongamos, Getafe o Useras. El resultado es uno de los textos más cervantinos de la literatura francesa, incluido Bouvard et Pécuchet de Flaubert.
En Argel, Bove contrajo el paludismo que le llevaría a la muerte. Cuando regresó a Francia, en octubre de 1944, el panorama literario había cambiado por completo y él era nuevamente un desconocido. No obstante, publicó dos novelas más y murió un año después, a los 47 años de edad. Está enterrado en París, en el cementerio de Montparnasse, en el panteón de la familia Ottensooser (de su segunda mujer). El emplazamiento se puede visitar perfectamente; no hay más que ir a la 25ª división israelita, 27ª línea Este, nº 1 Sur. No tiene pérdida. Para más detalles, y para entender lo que es un verdadero autor de culto, visitad la página que le han hecho sus numerosos admiradores, desperdigados por todo el mundo.


