19.1.09


Hoy he visto claros

todos mis poemas,

son sólo epitafios.

(Gerardo Diego. “Ajedrez”, del libro “Los poemas mayores”).


Así somos, corremos hacía la muerte sin darnos cuenta pero cuando paramos un momento, para coger aliento, en esta vida presurosa hacia ningún lado, nos damos cuenta de que todo, o casi todo lo que hacemos es preparar nuestro epitafio, algunos celebran esta ceremonia con grandes alharacas y mucha pompa, estos pobres están heridos de vanidad y en cierta medida la locura de la eternidad se apodera de ellos. La mayoría de los mortales nos preparamos casi sin darnos cuenta, sabiendo que es un fin inexorable y renunciamos a luchar contra él, en esta renuncia está el mejor epitafio, ser condescendientes con la muerte nos hermana con ella, es una compañera fiel desde el mismo día de nuestro nacimiento y aunque la llamen despreciable, terrible, cruel, desalmada, fatal, siniestra y otras muchas cosas. Al final nos ahorra el suplicio de la eternidad. La muerte es la gran igualadora y el silencio su gran compañero. Ahí iremos todos irremisiblemente a la nada y al silencio.